En la columna izquierda de tu ChatGPT están todos en fila.
Mudos. Los GPTs que un día fueron tu gran idea y no volviste a tocar.
Ninguno duró más de una semana.
No importa cuántos sean. El número no habla de tu constancia.
Habla de algo que hiciste igual con cada uno, sin darte cuenta.
Eso es lo que los dejó a todos sin uso.
Lo que todos tienen en común no es la constancia. Es el momento en que los armaste.
Cada uno lo montaste para saltarte una tarea que todavía no te salía bien a mano. El GPT no hizo magia: copió eso.
Un proceso a medio aprender no mejora porque lo automatices. Se congela.
No coleccionas GPTs abandonados. Coleccionas tareas que automatizaste antes de tiempo.
Cada uno es la foto de un atajo que tomaste demasiado pronto.
Y la parte buena es que tiene arreglo.
El GPT que te va a durar es el de una tarea que ya sabes hacer casi con los ojos cerrados.
Cuando la dominaste a mano, automatizarla es transcribir lo que ya sabes. No inventarlo a mitad de camino.
Ahí el GPT deja de ser un experimento y pasa a ser una herramienta.
Yo tardé a propósito en armar mis primeros asistentes de IA.
Repetí varias tareas a mano decenas de veces antes de automatizarlas. Cuando por fin las monté, salieron bien casi de entrada, porque ya sabía exactamente qué tenían que hacer.
Los pocos que uso todos los días nacieron así.
No sumes otro a la lista sin decidir si vale la pena.
Hice un prompt que te entrevista y separa tus tareas: cuáles ya puedes automatizar y cuáles todavía te conviene hacer a mano.
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